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A continuación os presentamos la historia de la pequeña Mei que cubre una ruta mágica de norte a sur desde Hokkaido a Miyajima. Esperamos que os inspire en vuestro viaje.


Érase una vez una niña llamada Mei, que a la edad de 6 años, se perdió cerca del lago Toya. Cuenta la leyenda que, en la isla de Hokkaido, al norte de Japón, Mei jugaba con su familia cerca del lago, cuando desapareció. Los más sabios del lugar aseguran que nunca la encontraron, pero sin embargo, su alma se quedó impregnada en la tierra y en el aire. Cuando los días empiezan a ser más calurosos y los árboles cantan a dúo con el viento, las lágrimas de Mei comienzan a caer del cielo. Sus lágrimas dieron lugar al Tsuyú que recorre Japón de norte a sur todos los meses de junio. Es entonces cuando, Haruhi, la madre de Mei, sale a su encuentro, buscándola sin cesar entre los rayos de sol que dejan entrever las nubes. Según cuentan, madre e hija se encontraran a lo largo del sexto mes del año a las puertas de un gran Niji.

La pequeña Mei de 6 años se perdió cerca del Lago Toya.

En Nemuro, una ciudad recóndita del norte de Hokkaido, donde el tiempo se detiene y las calles están vacías, el faro de Hanasaki advirtió a Mei que entre sus acantilados no está su madre, pero que la vió hace días con dirección a la ciudad de Sapporo.

Faro de Hanasaki en Nemuro (Hokkaido)

Entre los rayos de luz que dejan las nubes y los coches y preciosos tranvías, Haruhi recorrió las calles de la gran capital de Hokkaido. La majestuosa torre de televisión, pone a su disposición su extraordinaria altura de 147 metros para tener una mayor visión y buscar a la niña. Sin embargo, no tuvo suerte. Con tristeza Haruhi paseó por los jardines de la torre del reloj, que desde el centro de la ciudad, sigue marcando las horas desde 1881. Haruhi preguntó por su pequeña y la torre confiesa no haber visto a Mei ni cerca ni lejos de sus jardines. Pero su madre no perdió la esperanza y pone rumbo al monte Moiwa, ya que con su inusitada altura tal vez le permita conseguir alguna pista. En su pequeño trayecto, observa como los habitantes de la ciudad se refugian del calor visitando fuentes, abordando bancos bajo los árboles, mientras los niños chapotean en el agua.

Haruhi buscando a su hija por Sapporo.

La ciudad desde el monte Moiwa parece que se encoge mientras comienza a bostezar con la caída del sol y se tiñe de naranja. Haruhi desde lo más alto pregunta a la ciudad de Sapporo si vio a su hija. Como respuesta, una brisa de verano con olor a flores y manzanas llegó a su nariz. Preocupada y sorprendida, Haruhi entendió que Mei no pudo pisar Sapporo por sus terribles problemas de alergia, pero sí que podría estar cerca, muy cerca, tan cerca que podría estar en la cercana ciudad de Aomori comiendo manzanas.

Vistas desde el monte Moiwa (Sapporo)

El olor a manzana nos lleva de Sapporo a Chitose. De Chitose a Hakodate. Y de Hakodate a Aomori, pasando por el túnel Seikan atravesando el estrecho de Tsugaru. El sol brillaba con fuerza y ganas, iluminando los puestos de frutas de la zona, donde antiguamente los viajeros que iban a Hokkaido en barco, se avituallaban para afrontar el trayecto entre las dos islas. 

Sapporo-Chitose-Hakodate-Aomori

El calor se hacía presente según avanza el día y entre rincones y santuarios escondidos, las tiendas van cerrando dejando las calles medio vacías. El gran edificio con forma de pirámide, donde la oficina de turismo de la ciudad tiene su sede, dijo a la madre que nunca había visto a Mei por allí. Sospecha que la madre no sigue bien su instinto, si no que se deja llevar por corazonadas vacías. La gran pirámide de Aomori, solamente puede decirle que siga su camino hacía el sur y que tarde, o temprano, aparecerá un precioso Niji donde estará Mei.

Edificio de turismo con forma de pirámide en Aomori.

Las nubes se reunían cerca de la pequeña ciudad de Matsushima, mirando de reojo a la pequeña Mei que se adentra en el poblado con algunas lágrimas en los ojos, dejando la tarde gris y fría. El templo Zen Zuiganji, acogió a la pequeña secándola los ojos y tranquilizándola. La tranquilidad que Mei respira en los jardines del templo hace que se quede dormida, dando un poco de tregua a los visitantes cargados con paraguas.

Isla de Fukuurajima en Matsushima

Los rayos de luz de Haruhi irrumpen con fuerza en las 260 islas que rodean Matsushima antes de que el sol se ponga. A lo lejos, un puente de color rojo une el pueblo con la isla de Fukuurajima, donde Haruhi pregunta si ha visto a su hija. A lo que la isla, muy pendiente de las personas que visitan su interior, mintió a Haruhi diciendo que nunca una niña tan pequeña había estado por allí sola. Haruhi decepcionada y triste, abandonó Matsushima sin saber, que Mei seguía durmiendo en los jardines de Zuiganji.

Puente rojo que une Matsushima con la isla de Fukuurajima

Las lágrimas caían con fuerza en la prefectura de Gifu, los llamados Alpes japoneses. La pequeña Mei lloraba de rabia al saber que estuvo muy cerca de volver a abrazar a su madre. En Shirakawago el tiempo se había detenido y había dejado como herencia una aldea mágica, donde las nubes bajaban curiosas desde el cielo. Las Minka que siguen en pie ayudan a Mei a buscar a su madre. Estas casas de estilo Gassho-zukuri, que podrían traducirse como“Manos unidas en oración”, dan la oportunidad a la niña de pedir un deseo. A cambio, las Minka piden a Mei que siga llorando para que el arroz de los cultivos del país pueda crecer sano y fuerte este año.

Las Minka de estilo Gassho-Zukuri que ayudaron a Mei

Los pasitos de Mei se fundían en los charcos de Takayama, una ciudad que, sin apenas cultivos, pudo sobrevivir gracias a sus grandes maestros con la madera. Las calles más antiguas son el ejemplo de una época pasada donde los samurais caminaban a sus anchas por la ciudad. El río Miyagawa, a su paso por la ciudad, saludaba a Mei con una gran sonrisa. Su caudal llevaba una gran noticia, secando las lágrimas de la pequeña y asegurándole que hay un gran Niji cerca de los santuarios de Nikko. Y por tanto, su madre estará allí esperándola. La pequeña Mei, secándose las lágrimas, abraza al río sigue su ruta hacía el este, dejando consigo un camino con ligeros brotes de luz.

Mei caminando por Takayama

La gran avenida con más de 13000 cedros, aparece en el camino hacía el mausoleo del Shogun Tokugawa Ieyasu, ubicado en los bosques de Nikko. Al pasar por el gran Tori de granito, la pequeña Mei no es capaz de ver a su madre, y por mucho que alzase la vista, no la veía por ningún lado. Cuando los ojos de la niña se humedecían y amenazaban con llover, el espíritu del gran Shogun apareció para ayudarla. Le cogió de la mano y juntos visitaron todos los terrenos del mausoleo en busca de Haruhi. Mientras, el Shogun contaba a Mei algunas de sus aventuras de juventud y de cómo llegó a ser Shogun de Japón. Cuando terminaron la visita, no encontraron a la madre de la pequeña. Mei se llevó las manos a los ojos y comenzó a llorar. El Shogun, se agachó a su altura, le seco las lagrimas y le dijo:

“No estes triste pequeña Mei, encontrarás a tu madre. Y si tienes que llorar, que sea siempre para recordar”.

Puente Shinkyo en Nikko.

Pero su madre no estaba lejos. La luz de Haruhi cae en las calles de Tokio que siendo una ciudad tan grande, se esmeraba por buscar bien por todas sus calles y zonas de interés. Primero el templo SensoJi en Asakusa que hoy rebosaba de gente por sus alrededores y puestos. En la clásica Takeshita Street, en el barrio de Harajuku, el olor a gofres se mezclaba con las tenderas que ofrecían a sus clientes los mejores precios en sus tiendas. Justo al lado, en el parque de Yoyogi, donde el Santuario Meiji se alza en silencio, Haruhi buscaba entre los visitantes que muestran sus respetos al emperador Meiji y a la emperatriz Shoken. La torre de Tokio da las buenas tardes a Haruhi y, muy amablemente, le informa que Mei no ha pasado por allí, ni tampoco cerca del templo Zojo-ji. 

Templo Zojo-Ji, Torre de Tokio y Takeshita Street.

La noche caía en Tokio, las calles cobraban vida alrededor de restaurantes y bares, el bullicio de Akihabara junto a sus tiendas cargadas de nostalgia o las mil y una maneras de cruzar el gran cruce de Shibuya, dejaban a Haruji sin energía hasta el día siguiente. Antes de marcharse de Tokio con destino al Oeste, Haruhi brindó con un gran rayo de luz al buda gigante de Kamakura, esperando, que de esta manera, pueda encontrar a Mei de una vez por todas.

Cisne de madera, Shonan-Shinjuku Line y el Buda de Kamakura.

Y, al abandonar definitivamente Tokio, las nubes se alborotan, se juntan y comienzan a llorar con las lágrimas de la pequeña Mei, que ha llegado tarde para encontrar a su madre. El SensoJi perdía su color y la gente caminaba con sus paraguas entre las calles de la zona. El parque de Ueno se vestía de gris, los cisnes de madera no salían a nadar y las flores de loto del lago Shinobazu, seguían sin florecer. Algo que entristecía aún más a la pobre Mei que, con gran tristeza es capturada por la noche y se deja llevar por las luces de Akihabara.

La noche cae en Akihabara

La llegada de Haruhi a Nara brinda a los visitantes de una bonita tregua con la lluvia, lo que les permite conocer de cerca a los ciervos sika del parque; considerados como mensajeros de los dioses. Los ciervos de Nara inclinaban su cabeza a modo de reverencia para obtener una galleta sembei de los vendedores de la zona. Haruhi se adentró en la ciudad descubriendo los grandiosos santuarios y templos de la zona, como el precioso Nigatsu-do, que desde lo alto deja unas vistas inolvidables de toda la ciudad de Nara. La brisa de verano inunda a los visitantes, que se agolpan en subir las escalinatas del templo, mientras que Haruhi se dirigía a la gran puerta de Nandaimon custodiada por sus dos guardianes Nio. Quienes indican a Haruhi que el gran buda de Nara le está esperando para ayudarle.

Ciervo de Nara.

Sin dudarlo, entró en el complejo del salón Daibutsuden, es conocido como el edificio de madera mas grande del mundo y donde se ubica el Gran Buda de Nara. Los 15 metros del Gran Buda esperaban a Haruhi que con buenas noticias. Le sorprendió diciéndole que Mei está de camino a Kioto y que, pronto, todo habría terminado. Solamente era cuestión de paciencia, para que el tiempo haciera su efecto y ordenase todo. Haruhi con una gran sonrisa dejó Nara a su espalda con dirección a la cercana Osaka antes de poner rumbo a la majestuosa ciudad de Kioto.

Daibutsuden y el Gran Buda de Nara.

Los últimos rayos de luz del sol rebotaron en la fachada del gran castillo de Osaka que, desde lo alto, observaba el paso del tiempo al mismo tiempo que vigilaba su ciudad día y noche. La cocina de Japón abría sus puertas, y por las calles de Dotombori, comenzaban a pasearse olores a takoyakis, yakitoris, okonomiyakis y un sin fin de manjares de los que cualquiera se enamoraría. La noche siguió su curso y muchos de los restaurantes del barrio de Shinsekai comenzaron a cerrar dejando a la torre Tsutenkaku iluminada en silencio una noche más.

El castillo de Osaka, Glicoman y el barrio de Shinsekai con la torre Tsutenkaku al fondo.

Arashiyama se despertaba con el vaiven de la brisa de verano que se hacía paso entre los cientos de bambúes que cubren la entrada de Haruhi a Kioto. Convencida de las palabras del Gran Buda de Nara, Haruhi buscó a su pequeña hija entre la multitud por Kioto. Los jardines del castillo Nijo, sofisticados y finos, informaron a Haruhi sobre que no habían visto a Mei, pero que seguramente estaría cerca. El templo zen Ginkaku-ji tampoco había visto a la pequeña. Sin embargo el silencio de su terreno dejó escuchar a Haruhi la voz de su hija a lo lejos. Siguiendo esa pista, pasó por el templo Higashi Hongan-ji el cual se encuentra muy cerca de la estación de tren. La risa de Mei continuaba retumbando en cada paso que daba por Kioto, incluso en Fushiminari, con la gran afluencia de visitantes, la madre escuchaba con nitidez a su hija. Los nervios de Haruhi se convirtieron en un calor que abrasaba la ciudad y atraía a las cigarras.

El gran Kinkakuji.

El gran Kinkakuji, elegante y majestuoso, tampoco vió a la niña, y recomendó a Haruhi que lo mejor que podía hacer antes de que terminase el día, era acudir a las grandes vistas del templo Kiyozomidera y preguntar a la ciudad. La risa de Mei cada vez era más fuerte y nitida, pero su madre era incapaz de ver a su hija. En los terrenos del Kiyozomidera, justo cuando el sol empezaba a caer lentamente, Haruhi preguntó a la ciudad de Kioto por el paradero de su hija. La ciudad, cortesmente, respondió a Haruhi que la niña pasó de largo por la ciudad y, por eso, ninguno de sus templos la había podido ver. Le aconsejó dirigirse al oeste, posiblemente la encontraría cerca del mar. Haruhi recordó en ese momento uno de los lugares favoritos de su hija: Miyajima.

Kiyozomidera

Las lágrimas de Mei hoy se habían convertido en sonrisas, el sol lucía radiante y no había nubes que puedan impedir la luz. Acababa de llegar a Miyajima, su lugar favorito de todo Japón. Al bajarse del ferry, se dirigió al templo Daishoin, que con su gran altura de camino a la cima del monte Misen, tal vez le ayudase a encontrar a su madre. Haruhi llegó a Itsukushima con la risa de su hija muy presente. Gracias a ella sabe que está muy, pero que muy cerca de volver a encontrarse. Puso rumbo al Tori flotante, que siendo una estructura increíblemente bella ha sido testigo de mareas e incendios a lo largo de su existencia. 

Entrada al templo Daishoin en el monte Misen.

Mei desde lo alto vio a su madre, y lo que antes eran lágrimas de tristeza, ahora lo eran de alegria. Bajó corriendo desde lo más alto del monte Misen llamando a gritos a su madre. Haruhi,  por fin, escuchó la voz de su hija que sigue previamente sin saber por donde viene. Se da cuenta de que está debajo de un gran y precioso Niji. En aquel momento Mei apareció por la playa del santuario y vió a su madre esperándola con los brazos abiertos. Las dos se fundieron en un abrazo, mientras las lágrimas de Mei y la luz de Haruhi dan más fuerza al Niji que pasa por encima del Torii flotante.

Las lágrimas de Mei y la luz de Haruhi dan más fuerza al Niji que pasa por encima del Torii flotante.

Por fin, madre e hija se encontraron, a finales del sexto mes, tal y como cuentan los más sabios del lago Toya. El Tsuyu recorrió todo el país regando los cultivos y llenando embalses, mientras que el calor del verano se hizo presente en algunos momentos para avisar de que pronto llegarían los días de calor. 

Mei y Haruhi

Y así, hasta el próximo año, madre e hija estarán unidas, inclusive la llegada del sexto mes del año. 

¿Te animas a seguir la ruta del Tsuyú y ayudar a Mei?


Puedes ver la ruta de Mei completa en este video.

 

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